lunes

EL PUTO FLORERO!

El Maestro y el guardián se dividían la administración de un monasterio zen. Cierto día, el guardián murió, y fue preciso sustituirlo.

El Maestro reunió a todos los discípulos para escoger quién tendría la honra de trabajar directamente a su lado.

- “Voy a presentarles un problema”, el Maestro, “y aquél que lo resuelva primero, será el nuevo guardián del templo.”

Terminado su corto discurso, colocó un banquito en el centro de la sala. Encima estaba un florero de porcelana carísimo, con una rosa roja que lo decoraba.

- “Éste es el problema”, dijo el Maestro, “resuélvanlo.”

Los discípulos contemplaron perplejos el problema… miraban los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y la elegancia de la flor. ¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? ¿Cuál sería el enigma?

Pasó el tiempo sin que nadie atinase a hacer nada salvo contemplar el problema, hasta que uno de los discípulos se levantó, miró al maestro y a los alumnos, caminó resolutamente hasta el florero y lo tiró al suelo, destruyéndolo.

- “¡Al fin alguien que lo hizo!”, exclamó el Maestro, “empezaba a dudar de la formación que les hemos dado en todos estos años. Usted es el nuevo guardián.”

Al volver a su lugar el alumno, el Maestro explicó:

- “Yo fui bien claro: dije que ustedes estaban delante de un problema. No importa cuán bello y fascinante sea un problema, tiene que ser eliminado.”

- “Un problema es un problema; puede ser un florero de porcelana muy caro, un lindo amor que ya no tiene sentido, un camino que precisa ser abandonado, aunque insistimos en recorrerlo, porque nos trae comodidad.”

- “Sólo existe una manera de lidiar con un problema: atacándolo de frente.”

Infinito menos dos

- ¿Cuánto es infinito más uno? - preguntó la niña.
- Infinito - respondió la maestra.
- ¿Y cuánto es infinito menos uno?
- Infinito también.
- Pero eso no tiene sentido. Con el resto de números, si sumo algo se hace más grande y si le quito algo, más pequeño - protestó la niña.
- Ya, con los números pequeños y medianos, pasa eso, pero con los que son muy grandes casi no se nota. Infinito es el número más grande de todos, así que no se nota nada cuando sumas algo o restas algo - explicó la maestra.
- Humm, no lo entiendo - la niña miró hacia la izquierda mientras intentó pensarlo de nuevo.
- Es normal que no lo entiendas, no sabes lo que es infinito, pero pronto lo sabrás.


Pasaron 10 años y aquella niña se convirtió en una firme aspirante a matemática. Después de pasarse tardes enteras calculando límites, se embobaba a veces mirando por la ventana y recordaba aquella charla, con los ojos entrecerrados y una sonrisa tranquila.

Pasaron muchos años más y no pasó casi nada. De pronto, se encontró una noche llorando contra la almohada. En la duermevela, tuvo un sueño angustioso en el que volvió a clase con su maestra de la infancia:
- ¿Qué me pasa, por qué lloro?
- Lloras porque todavía no sabes lo que es verdaderamente el infinito.
- Claro que sé lo que es, pero ¿qué tiene que ver eso con mi llanto?
- Solamente hay dos cosas que te inquietan, que te obsesionan y no puedes sacártelas de la cabeza, las dos sabemos cuales son. Tu infinito se convierte en cero si le restamos dos, ¡eso no es un verdadero infinito!
- Humm, no lo entiendo.
- Es normal que no lo entiendas, no sabes que tienes infinita suerte, pero pronto lo sabrás, tenemos toda la noche para presentarte a gente.
A lo largo de la noche, y hasta que quedaron cinco minutos para despertar, fueron pasando muchas personas por su sueño: sus amigos del colegio le sacan la lengua burlonamente; sus padres agitan rápidamente la mano al verla; su hermana hace saludar a su sobrina, que todavía casi ni ve; una amiga le sonríe desde la cama de un hospital; un joven magrebí saluda con vergüenza; una pareja intenta domar a su perro mientras le ofrecen un girasol; un chico levanta la vista de la pantalla de su ordenador para guiñarle un ojo…
La última persona en aparecer fue de nuevo la maestra:
- ¿Sabes cuánto es infinito menos dos? - preguntó la maestra.
- Infinito



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Y YO ME PREGUNTO... ¿Cómo es posible que con la cantidad tan grande de cosas buenas que nos rodean (infinitas), nos podamos sentir tan hundidos cuando restamos una o dos?

...agobiarse por una o dos es no valorar nada más??

No excuses