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Casas

Serrar una casa por la mitad para acelerar el divorcio es, como explica Millás en su artículo, pactar a la camboyana, pero además implica el primero de los penúltimos actos con los que los seres humanos intentamos acelerar nuestra voluntad de reaccionar, de iniciar un nuevo camino.

Serrar una casa que hemos compartido es serrar la memoria conjunta, o intentarlo. Herirnos para hallar, en el dolor que nos produce, un revulsivo que nos lleve hacia otra dirección, aunque a veces a un destino similar y repetido.

Evidente que haciéndonos un daño posiblemente con su atención y dolor se lleve el dolor anterior y dejemos paso a su olvido para centrarnos en este dolor que ahora mismo nos quiebra el pensamiento.

Yo lo se bien, he serrado una casa en varias ocasiones, miles de recuerdos y una historia que podría desdibujarse como los cimientos de cada casa serrada.

Me temo que lo importante, no es separarse y dejar de ser mitad. Mas bien es perder la mitad de la interpretación que otro hace de la vida y lo que sucede, perder su punto de vista que enriquecía la nuestra, perder una oportunidad para crecer en la extensión del otro.

Este debe ser el motivo por el que, tras serrar una memoria compartida, mas tarde o mas temprano, nos esforzamos en adosar una nueva mitad a la casa que nos quedó en pie. Pero ¿qué ocurriría si fuesemos incapaces de hacerlo? ¿qué ocurriría si nunca más quisieramos adosar una nueva mitad? ¿Qué ocurriría si el pánico de afrontar una historia compartida nos impidiese arriesgarnos?

El ser humano, definitivamente, no esta predispuesto a restar o dividir, sino a sumar. Sumamos mitades, casas serradas, recuerdos aletargados, pero también voluntades nuevas que pretenden no convertirse en heridas ni medias casas del mañana. Evidentemente todos al fin y al cabo siempre terminamos sumando, recuerdos, vivencias, o cajas inservibles en un arcón, y tal vez para muchos estas sumas inhumanas sean las únicas sumas posible.

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